El despacho de Corrado Balestra estaba en penumbras. Solo una lámpara antigua iluminaba el escritorio de madera maciza donde descansaban varios documentos. El humo de su cigarro formaba espirales lentas, mezclándose con el silencio pesado de la noche.
Marco entró con paso firme, llevando una carpeta negra bajo el brazo. Se inclinó levemente y colocó el informe frente a su jefe.
—È arrivato, signore. (Ha llegado, señor).
Corrado alzó la vista, sus ojos fríos brillaban como acero. Tomó la carpeta