El amanecer encontró a Isabella aún despierta. La mansión estaba en silencio, rota solo por el tictac de un reloj antiguo que parecía burlarse de su insomnio. No había dormido nada, pero su mente trabajaba más rápido que nunca.
Isabella se levantó del sofá, con el cabello revuelto y los ojos inyectados de rabia. Caminó hasta el escritorio de su despacho, abrió un cajón y sacó una libreta negra donde llevaba anotaciones de contactos, números y nombres que había ido recolectando a lo largo de los