El día había llegado. Tras semanas de arreglos, de paredes reforzadas, cámaras ocultas y túneles de escape, la fortaleza estaba lista para convertirse en el nuevo hogar. Era un lugar imponente: muros altos, portones blindados y un interior que combinaba la frialdad de la seguridad con el lujo sobrio de una mansión. Un verdadero reino cerrado, levantado en medio de la guerra.
Los hombres de Alexander, ahora leales a Serena, se movían por los pasillos con un aire distinto. No eran fugitivos ni si