La fortaleza ya no era solo un refugio. Con cada día que pasaba se transformaba en un campo de disciplina y preparación. El eco de los pasos resonaba en los pasillos, el peso de las armas se sentía en cada entrenamiento y la tensión se respiraba en el aire como una tormenta que aún no estallaba.
El gran salón, acondicionado ahora como gimnasio y zona de combate, estaba lleno de hombres sudando bajo la presión de sus rutinas. Pesas improvisadas, sacos de arena, maniquíes de madera y un cuadrilát