Salvatore golpeó la mesa con furia, haciendo que las copas de vino temblaran ante los inversionistas reunidos. El humo de los puros llenaba la sala, pero no lograba ocultar el hedor a desesperación.
—¡Ya les dije que Dante no podrá sostenerse mucho tiempo! —gruñó, con la mandíbula apretada—. Recuperaremos lo perdido, y con intereses.
Los inversionistas, hombres fríos y calculadores, lo observaban con desconfianza.
—Lo que vemos —intervino uno de ellos, con voz pausada— es que tus almacenes fuer