La copa de cristal se hizo añicos contra la pared. El vino tinto corrió como sangre sobre el suelo de mármol, pero Salvatore apenas lo notó. Estaba furioso, con la mandíbula apretada y los ojos encendidos como brasas.
—¡Los sacaron de mis manos! —gruñó, golpeando la mesa con tal fuerza que uno de los candelabros cayó de lado—. Alguien se atrevió a rescatar a esos dos inútiles… ¡y yo quiero saber quién!
El silencio de la habitación era pesado. Ningún guardia se atrevía a respirar más fuerte de