El sol apenas se insinuaba por entre los edificios cuando Salvatore golpeó la mesa de la oficina con tanta fuerza que el eco retumbó como un disparo. Frente a él, tres de sus hombres lo observaban en silencio, temerosos de que una palabra equivocada los condenara.
—Quiero respuestas, no excusas —gruñó, con la voz ronca por haber pasado la noche sin dormir—. Alguien sacó a Iván y a Mikko de mis manos. Y no fue un ejército… fue una sola persona.
Sus ojos, oscuros y brillantes, se clavaron en el