La mansión de Salvatore estaba envuelta en un silencio pesado, roto solo por el sonido del reloj antiguo que colgaba en el vestíbulo. Las agujas marcaban la medianoche cuando las puertas se abrieron de golpe y dos de sus hombres entraron tambaleándose, ensangrentados, con la ropa destrozada.
—Jefe… —balbuceó uno, cayendo de rodillas—. El almacén… lo perdimos.
Salvatore se levantó lentamente del sillón de cuero donde estaba sentado, un vaso de whisky aún en la mano. Sus ojos, fríos como hielo, s