La mesa del búnker estaba cubierta de mapas arrugados, fotografías aéreas y apuntes hechos a mano. La luz amarillenta de la lámpara colgante proyectaba sombras largas sobre los rostros de los hombres reunidos alrededor. Dante, de pie al frente, sostenía un cigarro apagado entre los dedos. Sus ojos, duros como acero, recorrían cada detalle.
—El almacén del puerto —dijo al fin, su voz grave cortando el silencio—. Ahí Salvatore guarda armas, municiones, cargamentos de contrabando. Es su segunda sa