El búnker estaba en silencio. Solo se oían los pasos de Dante resonando contra el suelo de concreto mientras avanzaba hacia la habitación donde tenían encerrados a los dos rehenes. La puerta de hierro oxidado crujió al abrirse, dejando ver a los hombres atados a sillas, con la ropa sucia de polvo y sudor. Sus rostros estaban desencajados entre miedo y cansancio.
Serena observaba desde un rincón, su mirada firme, pero con esa chispa de inquietud que sentía cada vez que Dante se sumergía en su fa