La noche no era oscura: era densa.
Como si el mundo contuviera la respiración mientras los convoyes avanzaban entre la nieve y la roca, tragados por el desfiladero que llevaba directo al corazón de la guarida de Lorenzo.
Dentro del blindado principal, Dante no parpadeaba.
Sus manos descansaban firmes sobre las rodillas, pero su mente estaba en guerra. Cada kilómetro recorrido era un paso más lejos de Serena… y un paso más cerca de la sangre. Zhar no dudaba. Zhar calculaba. Y esa dualidad —el ho