La noche no era oscura: era densa.
Como si el mundo contuviera la respiración mientras los convoyes avanzaban entre la nieve y la roca, tragados por el desfiladero que llevaba directo al corazón de la guarida de Lorenzo.
Dentro del blindado principal, Dante no parpadeaba.
Sus manos descansaban firmes sobre las rodillas, pero su mente estaba en guerra. Cada kilómetro recorrido era un paso más lejos de Serena… y un paso más cerca de la sangre. Zhar no dudaba. Zhar calculaba. Y esa dualidad —el hombre que ama y el monstruo que protege— ardía en su pecho como un hierro al rojo.
—Cinco minutos —informó Sergey por el intercomunicador—. Confirmado: movimiento interno irregular. No es patrulla estándar.
—Está nervioso —murmuró Mikhail desde el vehículo de retaguardia—. Los animales acorralados siempre lo están.
Dante cerró los ojos un segundo.
Vio a Serena. Su respiración agitada horas antes. La mano de ella aferrándose a su abrigo, como si el mundo pudiera quebrarse en cualquier momento.
Est