Serena despertó con la sensación de estar cayendo, aunque su cuerpo yacía inmóvil sobre una superficie fría y lisa. No era piedra común: la obsidiana absorbía el calor, el sonido, incluso el miedo. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba… y con quién.
Zhar.
El aire en la sala de contención oscura vibraba con una energía contenida, como si el lugar mismo estuviera respirando al ritmo de la marca que ardía en su piel. La luz era tenue, rojiza, proveniente de símbolos antiguos grabados en las paredes, sellos que pulsaban lentamente como corazones ajenos.
Intentó moverse.
Las cadenas de obsidiana se tensaron de inmediato, emitiendo un sonido bajo y grave, casi vivo. No le atravesaban la piel, pero la rodeaban con una precisión cruel: muñecas, tobillos, cintura. No para castigarla, sino para contenerla.
—Tranquila —dijo una voz grave.
Zhar estaba allí.
De pie, a unos pasos de distancia, sin armadura, sin armas visibles. Solo él… y esa presencia que llenaba cada rincón de la sala como