El primer grito de Serena no salió de su garganta.
Se le quedó atrapado en el pecho, comprimido por un dolor que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. No era como las náuseas, ni como el mareo del agotamiento, ni siquiera como el miedo. Era profundo, visceral, como si algo dentro de ella se estuviera resquebrajando.
Se incorporó de golpe en la cama, empapada en sudor frío.
—No… no… —murmuró, llevándose ambas manos al vientre.
El mundo giró.
Durante un segundo intentó convencerse de qu