Mundo ficciónIniciar sesiónEl primer error fue mirarlo. El segundo, dejar que me marcara." Aria siempre supo que su familia no era normal. En su casa, las cenas no se acompañan de charlas triviales, sino del brillo del acero y el olor a pólvora. Sus padres son los mejores en lo que hacen: cazar a las bestias que acechan en las sombras del bosque. Ella fue criada para ser una de ellos, para odiar lo que ellos odian. Pero todo su mundo se desmorona cuando conoce a Liam. Liam es magnético, salvaje y esconde un secreto que Aria debería despreciar: él es el heredero de la manada más poderosa de la región. El Alfa que sus padres han jurado destruir. Un encuentro bajo la luna llena lo cambia todo. Un vínculo místico que no pidieron, pero que no pueden ignorar, los encadena. Aria está marcada por el destino, y en el mundo de los lobos, una marca no se borra... se defiende con sangre. Ahora, Aria debe elegir: la lealtad a su sangre o el instinto que la empuja a los brazos de su enemigo natural. En una guerra donde los cazadores están cerca y la manada reclama a su reina, amar a la bestia es la sentencia de muerte más dulce que Aria ha probado jamás. ¿Puede un vínculo sagrado sobrevivir cuando los que más amas tienen una bala de plata con el nombre de tu destinado?
Leer másEl cartel de "Bienvenidos a Silver Falls" estaba tan oxidado que apenas se podía leer. A través de la ventana empañada de la camioneta, el estado de Washington se sentía como un monstruo verde y húmedo que intentaba tragarse la carretera. Suspiré, apoyando la frente contra el cristal frío, sintiendo cómo el vibrar del motor se me metía en los huesos.
—Quita esa cara, Aria —dijo mi padre sin apartar la vista del asfalto—. Es una oportunidad excelente. La zona ha tenido... "problemas" de seguridad últimamente, y el Consejo nos necesita aquí. "Problemas". Esa era la palabra clave que usaban mis padres para decir que había lobos destrozando a la gente. —Tenía una vida en California, papá —le recordé con la voz quebrada—. Tenía a mis amigos. Tenía a Mark. Al mencionar a mi novio —bueno, mi ahora exnovio—, el agarre de mi padre en el volante se tensó. Mark era un chico normal. Un chico que pensaba que lo más peligroso del mundo era reprobar un examen de álgebra. No tenía ni idea de que la chica que besaba los fines de semana sabía cómo cargar un rifle con balas de plata antes de cumplir los doce años. Habíamos terminado en una videollamada llena de lágrimas la noche anterior. Fue una despedida fría, injusta. Él no entendía por qué me "mudaba por el trabajo de mi padre" de un día para otro. No podía decirle la verdad: que mis padres eran cazadores y que habíamos venido a este rincón perdido del mundo a exterminar una plaga que caminaba en dos patas. —Mark era un buen chico, pero no era para ti —intervino mi madre desde el asiento del copiloto, mientras revisaba unos mapas térmicos en su tablet—. Necesitas estar con gente que entienda quién eres. Gente que esté alerta. Llegamos a la nueva casa bajo una lluvia fina que parecía no tener intención de parar. Era una construcción vieja, de dos plantas, rodeada de abetos tan altos que tapaban casi toda la luz del día. El bosque empezaba literalmente donde terminaba el porche trasero. Un lugar perfecto para ser acechada. Pasé la tarde desempacando cajas con una desgana que me pesaba en el pecho. Cada foto con mis amigos de la secundaria anterior se sentía como un recuerdo de una vida que ya no me pertenecía. Aquí, en Silver Falls, yo no era Aria, la chica que amaba la fotografía y el café frío; aquí era Aria, el arma de reserva de los Segadores. Al día siguiente, el instituto se sentía como una película de terror de bajo presupuesto. Los pasillos eran estrechos y olían a cera de piso y a humedad. Me puse mi sudadera más grande, tratando de desaparecer entre la multitud de adolescentes que vestían franelas de cuadros y botas de montaña. —¿Eres la nueva, no? —Una chica rubia con una sonrisa demasiado brillante me abordó cerca de los casilleros—. Soy Chloe. Bienvenida al purgatorio. —Aria —respondí intentando parecer amable, aunque mis ojos no dejaban de escanear las salidas de emergencia. Era puro instinto. —Ven, te enseño dónde queda Biología. Es la clase donde todos mueren de aburrimiento —bromeó ella. Caminamos por el pasillo central cuando, de repente, el aire se volvió pesado. No fue un ruido, fue una sensación física. Como cuando baja la presión antes de una tormenta. Un grupo de chicos estaba parado cerca de la entrada del gimnasio. Todos se veían atléticos, pero uno en particular hacía que el resto pareciera insignificante. Era alto, con el cabello oscuro y revuelto, y vestía una chaqueta de cuero gastada. Pero lo que me detuvo en seco fue el olor. No era el perfume barato de los demás chicos. Era un olor a tierra profunda, a bosque después de la lluvia y a algo más... algo salvaje que hizo que mi corazón diera un vuelco violento contra mis costillas. Él levantó la vista. Sus ojos no eran normales. Eran de un color miel tan intenso que parecían arder bajo las luces fluorescentes del pasillo. Me miró y, por un segundo, el ruido de los casilleros cerrándose y los gritos de los estudiantes desaparecieron. Sentí un tirón eléctrico en la base de mi nuca, una punzada de calor que me obligó a llevarme la mano al cuello. —Ese es Liam Blackwood —susurró Chloe, notando mi parálisis—. Un consejo gratuito: no lo mires mucho. Su familia es dueña de media montaña y no se juntan con nadie. Son... raros. Liam no apartó la mirada. Sus ojos recorrieron mi rostro con una intensidad que me hizo sentir desnuda, como si pudiera ver la ballesta que guardaba en el maletero de mi auto y las cicatrices que intentaba ocultar. En su mirada no había la curiosidad de un chico de secundaria. Había un reconocimiento antiguo, algo que me dio un terror absoluto y, al mismo tiempo, una curiosidad que no pude frenar. Él dio un paso hacia mí, y mi entrenamiento tomó el control. Mis pies se posicionaron para una defensa, mis dedos buscaron instintivamente un arma que no tenía. Liam se detuvo, una media sonrisa cargada de arrogancia y algo de peligro curvó sus labios. —Nueva —dijo con una voz profunda que me hizo vibrar los huesos. No fue una pregunta, fue una sentencia. —Solo de paso —logré responder, apretando los puños. Él se acercó un poco más, lo suficiente para que yo pudiera sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Se inclinó hacia mi oído y aspiró aire, como si estuviera memorizando mi esencia. —En este pueblo, nadie está solo de paso, Aria —susurró. Se dio la vuelta y se alejó con sus amigos sin decir nada más. Yo me quedé ahí, con las manos temblando y la marca de mi cuello ardiendo como si me hubieran puesto un hierro al rojo vivo. Había dejado mi vida, mi novio y mi hogar para venir a cazar monstruos. Pero mientras veía a Liam desaparecer por el pasillo, una idea aterradora se instaló en mi mente: puede que el monstruo no estuviera escondido en el bosque. Puede que me acabara de dar la bienvenida a clase.El aire en el sótano se volvió irrespirable. La presencia del Beta en la pequeña ventana enrejada era como una sombra física que aplastaba mis pulmones. Sus ojos grises no buscaban a Liam con preocupación; buscaban mi debilidad. Con un movimiento silencioso, la figura se desvaneció en la niebla, dejándome sola con el pulso martilleando en mis oídos y el calor febril del hombre lobo que yacía a mis pies.No podía quedarme allí. Arriba, mis padres caminaban sobre el suelo de madera, sus pasos rítmicos marcando el compás de mi traición. Sabía que en cualquier momento mi madre bajaría por leña o mi padre decidiría hacer una inspección nocturna de los cimientos. Tenía que moverme, y tenía que hacerlo rápido.Subí la escalera de madera con el corazón en la garganta. Al salir por la trampilla trasera y entrar en la cocina, el olor a café y aceite de armas me golpeó. Mi madre estaba de espaldas, limpiando una herida superficial en el brazo de mi padre.—¿Aria? Pensé que estarías dormida —dijo
Llevar a un Alfa herido al corazón del territorio enemigo no era solo una locura, era una sentencia de muerte. Pero mientras el calor de la sangre de Liam empapaba mi chaqueta y su respiración se volvía un silbido errático, el miedo a mis padres se sintió pequeño comparado con el miedo a perderlo a él.El peso de Liam era abrumador, no solo físicamente, sino por lo que representaba. Cada paso que daba hacia la parte trasera de nuestra propiedad se sentía como caminar sobre cristales rotos. La lluvia de Washington se había convertido en un aguanieve traicionera que ayudaba a borrar mis huellas, pero también hacía que el cuerpo de Liam resbalara entre mis brazos.—Aria... detente —gruñó él, su voz era apenas un hilo de autoridad Alfa luchando contra la inconsciencia—. Si me encuentran ahí... no habrá piedad.—Si te quedas aquí, te desangraras antes de que tus Betas te huelan —le siseé, apretando los dientes mientras lo arrastraba hacia la vieja trampilla de madera que daba al sótano sec
La oscuridad en el sector norte del bosque era absoluta, rota solo por los haces de luz roja de nuestras miras láser. El aire cortaba como una cuchilla y el silencio era tan denso que podía escuchar el mecanismo de mi ballesta cada vez que rozaba mi chaqueta.—Mantengan la formación —ordenó mi padre en un susurro que apenas rompió el viento—. Los Betas son los que flanquean; son rápidos, coordinados y letales, pero no atacan sin la orden de su Alfa. Si ven a uno, no disparen a menos que sea necesario. Queremos al que da las órdenes.—¿Y qué hay de los Omegas? —pregunté, sintiendo un sudor frío recorrer mi espalda a pesar de los grados bajo cero.—Los Omegas son los parias, Aria —respondió mi madre, moviéndose con la gracia de un fantasma entre los pinos—. Son los que no tienen manada o los que han sido quebrantados. Son impredecibles y violentos porque no tienen nada que perder. Pero un Alfa... un Alfa es el corazón. Si apagas el corazón, el resto de la manada se dispersa.Apreté los
La nota de Liam seguía quemando en mi mano mucho después de que los relámpagos dejaran de iluminar el bosque de Silver Falls. "Tus padres cazan. Yo reclamo". Esas cinco palabras eran una declaración de guerra y, al mismo tiempo, una promesa que me hacía temblar de una forma que nada tenía que ver con el frío del norte.Me senté en el borde de la cama, mirando mis manos. Estas manos habían sido entrenadas para montar un rifle de precisión en menos de treinta segundos. Mis dedos tenían callos por el uso del arco y la ballesta. Toda mi existencia, desde que tengo memoria, ha sido una preparación para un fin único: proteger a la humanidad de lo que acecha en la oscuridad. Pero ahora, mientras el pulso me latía con fuerza en la nuca, sentía que la verdadera oscuridad no estaba fuera, sino empezando a filtrarse en mis propios pensamientos.Apenas dormí. Cada vez que cerraba los ojos, veía la silueta de ese lobo negro en el laboratorio, o peor aún, sentía la presión de la mano de Liam sobre
Último capítulo