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la bestia y la luna, marcada por el destino
la bestia y la luna, marcada por el destino
Por: Majo1109
Capítulo 1: El Peso de las Maletas y el Olor a Pino

El cartel de "Bienvenidos a Silver Falls" estaba tan oxidado que apenas se podía leer. A través de la ventana empañada de la camioneta, el estado de Washington se sentía como un monstruo verde y húmedo que intentaba tragarse la carretera. Suspiré, apoyando la frente contra el cristal frío, sintiendo cómo el vibrar del motor se me metía en los huesos.

—Quita esa cara, Aria —dijo mi padre sin apartar la vista del asfalto—. Es una oportunidad excelente. La zona ha tenido... "problemas" de seguridad últimamente, y el Consejo nos necesita aquí.

"Problemas". Esa era la palabra clave que usaban mis padres para decir que había lobos destrozando a la gente.

—Tenía una vida en California, papá —le recordé con la voz quebrada—. Tenía a mis amigos. Tenía a Mark.

Al mencionar a mi novio —bueno, mi ahora exnovio—, el agarre de mi padre en el volante se tensó. Mark era un chico normal. Un chico que pensaba que lo más peligroso del mundo era reprobar un examen de álgebra. No tenía ni idea de que la chica que besaba los fines de semana sabía cómo cargar un rifle con balas de plata antes de cumplir los doce años.

Habíamos terminado en una videollamada llena de lágrimas la noche anterior. Fue una despedida fría, injusta. Él no entendía por qué me "mudaba por el trabajo de mi padre" de un día para otro. No podía decirle la verdad: que mis padres eran cazadores y que habíamos venido a este rincón perdido del mundo a exterminar una plaga que caminaba en dos patas.

—Mark era un buen chico, pero no era para ti —intervino mi madre desde el asiento del copiloto, mientras revisaba unos mapas térmicos en su tablet—. Necesitas estar con gente que entienda quién eres. Gente que esté alerta.

Llegamos a la nueva casa bajo una lluvia fina que parecía no tener intención de parar. Era una construcción vieja, de dos plantas, rodeada de abetos tan altos que tapaban casi toda la luz del día. El bosque empezaba literalmente donde terminaba el porche trasero. Un lugar perfecto para ser acechada.

Pasé la tarde desempacando cajas con una desgana que me pesaba en el pecho. Cada foto con mis amigos de la secundaria anterior se sentía como un recuerdo de una vida que ya no me pertenecía. Aquí, en Silver Falls, yo no era Aria, la chica que amaba la fotografía y el café frío; aquí era Aria, el arma de reserva de los Segadores.

Al día siguiente, el instituto se sentía como una película de terror de bajo presupuesto. Los pasillos eran estrechos y olían a cera de piso y a humedad. Me puse mi sudadera más grande, tratando de desaparecer entre la multitud de adolescentes que vestían franelas de cuadros y botas de montaña.

—¿Eres la nueva, no? —Una chica rubia con una sonrisa demasiado brillante me abordó cerca de los casilleros—. Soy Chloe. Bienvenida al purgatorio.

—Aria —respondí intentando parecer amable, aunque mis ojos no dejaban de escanear las salidas de emergencia. Era puro instinto.

—Ven, te enseño dónde queda Biología. Es la clase donde todos mueren de aburrimiento —bromeó ella.

Caminamos por el pasillo central cuando, de repente, el aire se volvió pesado. No fue un ruido, fue una sensación física. Como cuando baja la presión antes de una tormenta. Un grupo de chicos estaba parado cerca de la entrada del gimnasio. Todos se veían atléticos, pero uno en particular hacía que el resto pareciera insignificante.

Era alto, con el cabello oscuro y revuelto, y vestía una chaqueta de cuero gastada. Pero lo que me detuvo en seco fue el olor. No era el perfume barato de los demás chicos. Era un olor a tierra profunda, a bosque después de la lluvia y a algo más... algo salvaje que hizo que mi corazón diera un vuelco violento contra mis costillas.

Él levantó la vista.

Sus ojos no eran normales. Eran de un color miel tan intenso que parecían arder bajo las luces fluorescentes del pasillo. Me miró y, por un segundo, el ruido de los casilleros cerrándose y los gritos de los estudiantes desaparecieron. Sentí un tirón eléctrico en la base de mi nuca, una punzada de calor que me obligó a llevarme la mano al cuello.

—Ese es Liam Blackwood —susurró Chloe, notando mi parálisis—. Un consejo gratuito: no lo mires mucho. Su familia es dueña de media montaña y no se juntan con nadie. Son... raros.

Liam no apartó la mirada. Sus ojos recorrieron mi rostro con una intensidad que me hizo sentir desnuda, como si pudiera ver la ballesta que guardaba en el maletero de mi auto y las cicatrices que intentaba ocultar. En su mirada no había la curiosidad de un chico de secundaria. Había un reconocimiento antiguo, algo que me dio un terror absoluto y, al mismo tiempo, una curiosidad que no pude frenar.

Él dio un paso hacia mí, y mi entrenamiento tomó el control. Mis pies se posicionaron para una defensa, mis dedos buscaron instintivamente un arma que no tenía. Liam se detuvo, una media sonrisa cargada de arrogancia y algo de peligro curvó sus labios.

—Nueva —dijo con una voz profunda que me hizo vibrar los huesos. No fue una pregunta, fue una sentencia.

—Solo de paso —logré responder, apretando los puños.

Él se acercó un poco más, lo suficiente para que yo pudiera sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Se inclinó hacia mi oído y aspiró aire, como si estuviera memorizando mi esencia.

—En este pueblo, nadie está solo de paso, Aria —susurró.

Se dio la vuelta y se alejó con sus amigos sin decir nada más. Yo me quedé ahí, con las manos temblando y la marca de mi cuello ardiendo como si me hubieran puesto un hierro al rojo vivo.

Había dejado mi vida, mi novio y mi hogar para venir a cazar monstruos. Pero mientras veía a Liam desaparecer por el pasillo, una idea aterradora se instaló en mi mente: puede que el monstruo no estuviera escondido en el bosque. Puede que me acabara de dar la bienvenida a clase.

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