Capítulo 4: Sangre en la Nieve

La oscuridad en el sector norte del bosque era absoluta, rota solo por los haces de luz roja de nuestras miras láser. El aire cortaba como una cuchilla y el silencio era tan denso que podía escuchar el mecanismo de mi ballesta cada vez que rozaba mi chaqueta.

—Mantengan la formación —ordenó mi padre en un susurro que apenas rompió el viento—. Los Betas son los que flanquean; son rápidos, coordinados y letales, pero no atacan sin la orden de su Alfa. Si ven a uno, no disparen a menos que sea necesario. Queremos al que da las órdenes.

—¿Y qué hay de los Omegas? —pregunté, sintiendo un sudor frío recorrer mi espalda a pesar de los grados bajo cero.

—Los Omegas son los parias, Aria —respondió mi madre, moviéndose con la gracia de un fantasma entre los pinos—. Son los que no tienen manada o los que han sido quebrantados. Son impredecibles y violentos porque no tienen nada que perder. Pero un Alfa... un Alfa es el corazón. Si apagas el corazón, el resto de la manada se dispersa.

Apreté los dientes. Liam era ese corazón. El Alfa que ellos querían ver muerto.

Un crujido a mi derecha me hizo girar. Antes de que pudiera procesarlo, una sombra gigantesca saltó desde un risco. No era Liam. Era un lobo gris, más pequeño pero con una musculatura fibrosa y ojos que destilaban una furia ciega.

—¡Beta a las tres! —gritó mi padre, abriendo fuego.

El estruendo del rifle rompió la paz del bosque. El lobo esquivó la bala de plata con una agilidad sobrenatural y se lanzó sobre mi madre. Ella reaccionó a tiempo, desenfundando su cuchillo de combate y rodando por el suelo, pero otros dos lobos aparecieron entre la maleza. La emboscada había comenzado.

—¡Aria, el flanco izquierdo! —me ordenó mi padre mientras recargaba.

Apunté mi ballesta. En mi mira tenía a un lobo que se preparaba para saltar sobre él. Mis dedos temblaron sobre el gatillo. Si usaba el dardo tranquilizante y fallaba, mi padre podría morir. Si usaba la plata, estaría declarando la guerra total a la manada de Liam.

Dudé un segundo demasiado.

Un rugido ensordecedor, mucho más potente que los anteriores, sacudió los árboles. Las hojas vibraron y los lobos grises se detuvieron en seco, agachando las orejas y retrocediendo con sumisión. La jerarquía se hizo presente en un instante: el Alfa había llegado.

Liam emergió de las sombras. No estaba transformado totalmente, pero sus ojos eran dos pozos de oro líquido y sus colmillos sobresalían de sus labios en un gesto de advertencia puro. La presión en el aire aumentó; era el aura de mando que solo un Alfa posee, una fuerza que obligaba incluso a mis instintos humanos a querer arrodillarme.

—¡Ahí está! —mi padre no perdió tiempo y apuntó directamente al pecho de Liam.

—¡No! —grité, interponiéndome en la línea de fuego.

—¡Aria, quítate! —rugió mi padre, con el dedo tensándose en el gatillo.

Liam me miró. En medio del caos, su mirada se suavizó por una fracción de segundo. Fue un error. Un Omega, un lobo demacrado y con cicatrices que claramente no seguía las órdenes de nadie, aprovechó la distracción del Alfa para saltar desde la oscuridad directamente hacia mí.

Todo pasó en cámara lenta. Liam rugió, pero no para atacar a mis padres, sino para interceptar al Omega. El choque de los dos cuerpos fue brutal. Liam recibió el impacto de las garras del Omega en el costado para evitar que me alcanzaran a mí. La sangre, roja y caliente, salpicó la nieve blanca.

—¡Maldita sea! —mi padre disparó, pero Liam, incluso herido, logró arrastrar al Omega hacia la espesura mientras la plata impactaba en un árbol cercano.

—¡Aria, regresa a la camioneta ahora mismo! —ordenó mi madre, agarrándome del brazo con una fuerza que me dejó moretones—. Esto se ha salido de control.

Mis padres se adentraron en el bosque persiguiendo el rastro de sangre, convencidos de que habían herido al Alfa. Pero yo sabía que la sangre que cubría la nieve no era del Omega, era de Liam. Había arriesgado su vida para protegerme de uno de los suyos.

Aproveché el caos y la oscuridad para desviarme del camino. No iba a ir a la camioneta. Seguí el rastro de calor y el olor a tierra y metal que conocía tan bien. Lo encontré a unos cientos de metros, derrumbado contra una roca, volviendo lentamente a su forma humana.

Liam estaba desnudo de la cintura para arriba, su pecho subía y bajaba con dificultad y una herida profunda le cruzaba el abdomen. La plata de la atmósfera lo estaba debilitando, impidiendo que su factor de curación de Alfa funcionara.

—Te dije... que te quedaras... en casa —logró decir, con la voz rota y los ojos volviendo a su tono miel habitual.

—Cállate —le dije, arrodillándome a su lado y sacando un botiquín de emergencia de mi chaqueta—. Mi padre te matará si te encuentra. Tengo que sacarte de aquí.

—No puedes esconder a un Alfa, Aria —susurró él, agarrando mi mano con fuerza—. Mi Beta vendrá a buscarme, y si te encuentra conmigo, te verán como su enemiga. Vete.

—No me voy a ir —respondí, limpiando la herida con manos temblorosas—. Marcada o no, no voy a dejar que mueras por mi culpa.

En ese momento, un aullido lejano pero coordinado resonó en el bosque. Eran los Betas. Estaban llamando a su líder, y estaban cerca. Si ellos llegaban antes de que yo pudiera estabilizarlo, Silver Falls se convertiría en un cementerio antes del amanecer.

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