Mundo ficciónIniciar sesiónValentina Roux nunca creyó en las segundas oportunidades, ni en los destinos escritos, ni en los finales felices. Creció aprendiendo que lo único seguro en la vida era depender de sí misma. Por eso, cuando recibe la noticia de que ha heredado una hacienda perdida en las montañas, solo ve una cosa: una salida. Reclamarla, venderla y desaparecer sin mirar atrás. Pero la Hacienda Montecreaux no es un lugar normal. Allí viven tres hombres que no figuran en ningún documento, tres guardianes silenciosos que observan cada uno de sus pasos: Luciano, distante y controlador; Dante, impulsivo y marcado por el pasado; y Sael, encantador, sensible y peligrosamente cercano. Ellos no son humanos. Son Voraces, seres que se alimentan de emociones, depredadores ocultos entre las sombras. Y Valentina, sin saberlo, posee la fuente más rara y poderosa de su mundo: la Llama Pura, una mezcla ardiente de rabia, deseo y dolor que nunca se apaga. Su presencia despierta hambre, obsesión y vínculos imposibles de romper. Mientras los secretos familiares salen a la luz, los clanes enemigos se acercan y la presión aumenta, Valentina descubre que no es una víctima en este juego, sino una pieza clave. Aprende a usar su inteligencia, su fortaleza y su corazón herido como armas en un mundo donde amar puede ser tan peligroso como odiar. Entre pasiones prohibidas, lealtades divididas y decisiones que pueden destruirlo todo, Valentina deberá elegir si huir una vez más… o quedarse y reclamar no solo su herencia, sino también su identidad, su poder y su derecho a ser amada sin condiciones. Porque en la hacienda, el fuego nunca se apaga. Y ella es su origen.
Leer másEl sobre llegó un martes. Sin remitente. Solo un membrete en relieve estampado en la esquina superior: Notaría Bermeo & Asociados, San Cristóbal de las Piedras, Oaxaca.
Una dirección en las montañas del sur que no aparecía en ninguna aplicación de mapas que consulté dos veces seguidas.
Lo abrí de pie, junto a la ventana. Mi cuarto en el tercer piso daba al muro de cemento del edificio de enfrente.
Nueve metros de distancia. Sin ventanas en ese muro. Lo había mirado suficientes veces en dos años para conocer cada mancha de humedad.
La carta era de tres páginas. Vocabulario legal, sin adorno, el tipo de prosa que cobra por hora.
El Notario Bermeo informaba que el señor Ezequiel Montecreaux, fallecido el diecisiete del mes anterior en la propiedad conocida como La Hacienda Oscura, me había designado heredera única y exclusiva.
Terrenos de cuarenta hectáreas, edificación principal con tres alas, anexos, inventario de bienes muebles. Treinta días para presentarme o el proceso quedaba nulo.
Y una cláusula de permanencia cuyas condiciones específicas no podían comunicarse por escrito y requerían explicación directa en presencia del notario.
Ezequiel Montecreaux.
Lo leí tres veces. No porque no lo entendiera. Sino para asegurarme de que la rabia que se instaló en mi pecho después de la primera lectura era real y no el producto de cuatro horas de sueño y un martes sin ninguna gracia.
Era real.
Sonia —mi madre— pronunció ese apellido exactamente una vez en veintiocho años. Tenía yo nueve años. Le pregunté por qué el campo de "padre" en mi acta de nacimiento era una línea horizontal.
Me dio el apellido con la cara con que cierra los temas: breve, definitiva, sin espacio para seguir. Lo busqué después en la biblioteca del colegio.
No encontré nada. Lo anoté en una libreta que perdí en alguna mudanza.
No pregunté más. Con Sonia, las preguntas sin respuesta no están en proceso — ya tienen respuesta, y la respuesta es no.
Y ahora el hombre muerto me mandaba una hacienda.
Como si la piedra y la madera pesaran lo mismo que veintiocho años de campo en blanco.
***
En el baño, me lavé la cara con agua fría. En el espejo: ningún llanto, ningún temblor, ningún colapso razonable.
Solo el mismo control de siempre, funcionando con la misma eficiencia de siempre, incluso con el nombre de mi padre firmado en papel legal por primera vez en la vida.
Eso también era rabia. La clase que no hace ruido porque lleva demasiado tiempo funcionando sola.
La cláusula de permanencia. Bermeo la nombraba pero no la definía. Permanencia en qué condiciones, por cuánto tiempo, bajo qué términos.
Solo que requería explicación presencial y que la propiedad quedaba en suspenso hasta esa reunión. No era descuido burocrático — era diseño.
Alguien había construido este proceso para garantizar que yo pusiera el cuerpo físicamente en esa montaña antes de entender a qué estaba accediendo.
Eso era, exactamente, lo único que necesitaba saber para tomar la decisión.
Saqué la bolsa de lona del clóset. Una muda de ropa. El cargador. La laptop. El sobre de Bermeo. El saldo de mi cuenta alcanzaba para tres meses sin emergencias — ese detalle lo registré sin pensarlo, como se registran los datos que importan aunque todavía no sepas para qué. Consideré llevar más. Decidí que no.
Compré el boleto en línea. Puse la llave sobre la mesa de la cocina.
***
Abrí el teléfono. El nombre de Sonia en contactos, con la foto de hace tres años: el cumpleaños de mi tía en Querétaro, el vaso de refresco en su mano, la sonrisa que pone cuando está en compañía que no eligió, los ojos mirando hacia otro lado.
Grabé un audio.
—Encontré una carta de un notario. El apellido que me diste cuando tenía nueve años. —Una pausa.— Si hay algo que debería saber antes de ir, este es el momento.
Pero si lo mandaba, me daría una razón para no ir. Y Sonia, cuando quería, era muy buena encontrando razones que sonaban completamente razonables.
Lo escuché una vez. Lo borré.
La casera recibiría un mensaje desde el camión. Cuarto pagado hasta fin de mes.
Apagué las luces. La escalera crujió en el tercer peldaño, igual que siempre. El portón chirrió. La ciudad afuera: tráfico vespertino, el olor a escape y a frituras, la indiferencia total del mundo a lo que acababa de ocurrir dentro de ese edificio.
Crucé la banqueta sin mirar hacia atrás.
***
Terminal norte. Cinco y cuarto de la mañana. El frío de la madrugada todavía en el aire.
La taquilla de la empresa seguía cerrada. El cartel decía apertura a las cinco y media. Me formé de todas formas — única en la fila, lo cual no era fila sino simplemente estar de pie frente a una ventanilla cerrada con el boleto ya comprado en el teléfono.
A los dos minutos llegó un hombre joven, mochila grande, audífonos al cuello. Se formó detrás de mí con la resignación automática de alguien que ha esperado en muchas filas.
—¿El de las seis a Oaxaca? —dijo.
—Sí.
—¿Hasta la ciudad o más arriba?
Lo miré un segundo.
—San Cristóbal de las Piedras.
Asintió despacio. Algo en su cara cambió — no mucho, no dramáticamente. El tipo de cambio que hace alguien cuando escucha un nombre que reconoce y decide no decir cómo lo conoce.
—Ah. —Volvió a ponerse los audífonos.— Buen viaje.
Nada más. La taquilla abrió dos minutos después y no volvió a mirarme.
Lo guardé: era el segundo nombre que mencionaba San Cristóbal en doce horas y el segundo en producir ese ajuste específico — reconocimiento, pausa, silencio elegido.
***
Me senté con el café de máquina que sabía a plástico caliente y saqué la carta de Bermeo por cuarta vez. A mi derecha, una mujer de unos sesenta años comía un sándwich con la meticulosidad de alguien que lleva mucho tiempo esperando cosas.
Me vio sacar los papeles.
—¿Viaje largo? —dijo.
—Oaxaca. San Cristóbal de las Piedras.
Masticó despacio. Me miró un segundo de más — el mismo segundo que el hombre joven de la fila, la misma pausa, el mismo reconocimiento que no se termina de decir.
—Pueblo chico ese. Muy arriba en el cerro. —Una pausa más larga.— ¿Tiene familia allá?
—Algo así. O algo peor. Todavía no sé.
La mujer dejó el sándwich en el regazo.
—Cuidado allá arriba —dijo, y su voz bajó medio tono sin que yo supiera si era advertencia o simplemente cansancio.— No todos vuelven igual.
No elaboró. Volvió a su sándwich con la misma meticulosidad de antes, como si no hubiera dicho nada que requiriera seguimiento.
No todos vuelven igual.
No le pregunté qué significaba. Había aprendido, en la misma noche, que los huecos en lo que la gente dice tienen forma. Y la forma de este hueco era demasiado precisa para ser casual.
***
Lo que la carta no decía era más interesante que lo que decía. No explicaba por qué Ezequiel esperó hasta morir para reconocer legalmente que yo existía.
No decía por qué eligió un notario en lugar de un teléfono en algún momento de los años anteriores. No explicaba qué clase de cláusula de permanencia requiere explicación oral.
No mencionaba a los habitantes de la propiedad ni advertía que habría personas viviendo en una hacienda que supuestamente acababa de ser mía.
Esos huecos tenían forma. Y la forma de un hueco dice tanto como lo que contiene.
No iba por la herencia — la herencia era propiedad, números, papeles, una abstracción sin peso emocional. Iba porque el hombre había existido.
En un lugar físico, con nombre y dirección postal, todo ese tiempo. Había pensado en mí con suficiente concreción para firmar documentos legales que me nombraban.
Decidió que existía cuando ya no podía hablar.
El camión llegó. Subí. Asiento catorce, ventana izquierda. Al pasar frente a la mujer del sándwich, no levantó la vista.
El motor arrancó. El andén afuera todavía oscuro, el frío de las seis de la mañana pegado al vidrio.
Iba a ver el lugar del que venía el hombre que nunca quiso conocerme. No por esperanza — la esperanza requiere creer que algo puede salir bien, y lo que yo sentía no era eso.
Era algo más frío y más honesto: necesitaba entender. No perdonar, no cerrar, no sanar. Solo entender con los ojos abiertos y los pies en la tierra de ese lugar.
Lo merecía. No él. Yo.
Nunca había salido de un lugar con tanta claridad en mi vida. No satisfacción — claridad. La certeza fría de quien va en la dirección correcta, aunque no sepa exactamente hacia qué.
La puerta del ala sur era el único lugar de la hacienda que no cedía.No era arrogancia. Era observación práctica: llevaba tres días en esta propiedad y había abierto cada puerta que había intentado abrir.La hacienda no ponía resistencia. Las cerraduras viejas giraban. Los goznes oxidados cedían con presión suficiente. Incluso las ventanas del segundo piso que no habían sido abiertas en años se abrieron cuando lo intenté.Excepto esa.A las nueve de la mañana del cuarto día fui al ala sur con la llave que Bermeo había incluido en el sobre original de la herencia — una llave de hierro con el número de inventario grabado que correspondía, según los documentos, a la cerradura principal del ala sur.La introduje en la cerradura. Giré. La cerradura no respondió. No fue que rechazara la llave — fue que no registraba que había una llave dentro. Como si el mecanismo estuviera desconectado.Saqué la llave. La examiné. La volví a introducir.Nada.—¿La dejó reposar? —dijo una voz detrás de mí.
Perla reorganizaba el archivo de la despensa con la metodología de alguien que lleva décadas en ese sistema y no necesita pensar en él: cada cosa en su lugar exacto, los movimientos mínimos y precisos. Lo encontré así a las once de la mañana, cuando bajé con la lista de preguntas que había estado armando desde el desayuno.—Necesito hablar de Ezequiel Montecreaux —dije desde el umbral.Perla no se detuvo. Movió un frasco de un anaquel al siguiente sin mirarme.—¿Qué quiere saber? —preguntó.—Quién era. Por qué vivía aquí. Por qué fue exiliado. —Hice una pausa.— Por qué llevo tres días en esta hacienda y nadie ha mencionado que tenía un hijo.Perla cerró la puerta del anaquel inferior. Se limpió las manos en el delantal y se dio la vuelta. Sus ojos me evaluaron con la misma neutralidad calculada de siempre, más algo que estaba debajo — no emoción visible, sino el trabajo de no dejar que lo que estaba debajo se volviera visible.—Ezequiel era hermano del padre de los señores —dijo—. Med
El desayuno del segundo día lo hice sola durante diez minutos y creí que así iba a quedar.La cocina era grande, funcional, con estantes hasta el techo y una ventana que daba al patio lateral donde crecía algo que no era jazmín pero que olía parecido de mañana.Había café negro en la cafetera, pan del día anterior todavía aceptable, fruta que Perla había dejado cortada en el mismo tazón de siempre.Me senté en el banco más cercano a la ventana con los documentos de Bermeo al lado de la taza porque el horario del notario llegaba en tres días y necesitaba tener las preguntas ordenadas antes de la reunión.Llevaba ocho minutos leyendo cuando cambió el aire de la cocina.No fue un sonido. No fue un movimiento en particular. Fue el aire, que de repente tenía más densidad, más temperatura, como si la habitación hubiera añadido un cuerpo sin que yo lo viera entrar. Levanté la vista.***Dante estaba de pie en la entrada de la cocina.Descalzo. Pantalón oscuro con tierra en las rodillas. Sin
Pasos en el corredor de abajo a las siete cincuenta y ocho. Regulares, sin apuro.Los escuché desde la cama donde había estado despierta los últimos treinta minutos. El ritmo de esos pasos no era el de alguien que calcula la hora.Era el de alguien para quien la impuntualidad simplemente no existe como posibilidad.Me puse la ropa del día anterior. Bajé a las ocho y tres minutos.***Mesa del comedor: servicio para uno, extremo de la ventana. Pan, fruta, café humeante. Me senté. Me serví. Perla no estaba.A los dos minutos, la puerta lateral.Caminó hasta el extremo opuesto — seis sillas de distancia — y se sentó con el movimiento de alguien que ha eliminado todo lo innecesario de sus acciones a lo largo de mucho tiempo de práctica.Tomó la taza que ya estaba servida frente a él.Me miró una vez. Breve.Ojos ámbar. No ámbar como tono cálido de marrón — ámbar mineral, denso, con una claridad que tardé un segundo en procesar como real. Ese segundo fue suficiente para que él lo registrar
Me acosté. Apagué la lámpara. Escuché el silencio de la hacienda.No dormí.No era miedo. Era el cerebro en el estado que mejor conoce: información incompleta, variables sin resolver, necesidad activa de más datos.Ezequiel había vivido aquí. En algún punto de esta estructura había algo que lo explicaba a él, a la cláusula, al ala sur, a los tres hermanos con temperatura corporal anómala.A la una y cuarto evalué la regla de Perla: si escucha algo que no entiende. No había escuchado nada sin explicación estructural disponible. Viento. Vigas trabajando en el frío. Jazmín.La regla, entendida literalmente, no aplicaba todavía.Me puse los zapatos y salí.***La hacienda de noche era más densa. La piedra negra sin luz era más negra y más piedra. El olor dulce sin nombre — más evidente ahora, como si el frío lo concentrara.La lámpara del teléfono proyectaba un círculo pequeño que hacía todo lo demás más oscuro por contraste.Bajé las escaleras. Corredor norte. La biblioteca, puerta entre
Don Abundio frenó frente al portón y apagó el motor. Se quedó con las manos en el volante, mirando al frente.No explicó por qué no avanzaba más. No era necesario. Pagué. Bajé la bolsa. Antes de que cerrara la puerta, dijo sin voltearse:—Si decide bajar de noche, no tome la brecha. Hay otro camino por el lado este. Sale directo al pueblo. Pregunte a Perla.Cerré la puerta. El Ford arrancó y desapareció en la curva antes de que yo terminara de girarme.Don Abundio sabía el nombre de la persona adentro. Había dicho que no habló en todo el trayecto.***El portón: madera vieja, herrajes de hierro forjado en un patrón casi simétrico pero no del todo. Diseño entre decorativo y funcional sin ser claramente ninguno de los dos. Estaba entreabierto.Lo empujé.Corredor de entrada: piedra negra volcánica, techo alto, vigas de madera oscura. El piso de cantera amortiguaba el sonido más de lo que debería.Al fondo, un patio. Del patio llegaba jazmín de noche — denso, blanco, sin posibilidad de e
Último capítulo