Capítulo 5: Bajo el Suelo del Enemigo

Llevar a un Alfa herido al corazón del territorio enemigo no era solo una locura, era una sentencia de muerte. Pero mientras el calor de la sangre de Liam empapaba mi chaqueta y su respiración se volvía un silbido errático, el miedo a mis padres se sintió pequeño comparado con el miedo a perderlo a él.

El peso de Liam era abrumador, no solo físicamente, sino por lo que representaba. Cada paso que daba hacia la parte trasera de nuestra propiedad se sentía como caminar sobre cristales rotos. La lluvia de Washington se había convertido en un aguanieve traicionera que ayudaba a borrar mis huellas, pero también hacía que el cuerpo de Liam resbalara entre mis brazos.

—Aria... detente —gruñó él, su voz era apenas un hilo de autoridad Alfa luchando contra la inconsciencia—. Si me encuentran ahí... no habrá piedad.

—Si te quedas aquí, te desangraras antes de que tus Betas te huelan —le siseé, apretando los dientes mientras lo arrastraba hacia la vieja trampilla de madera que daba al sótano secundario, un espacio que mis padres usaban para almacenar leña y que rara vez visitaban.

Con un esfuerzo que me hizo sentir que mis pulmones iban a estallar, logré abrir la puerta de madera podrida y deslizar su cuerpo hacia la penumbra. El olor a tierra húmeda y moho nos recibió. Bajé detrás de él, cerrando la trampilla justo cuando las luces de la camioneta de mis padres iluminaban el frente de la casa.

Mi corazón se detuvo. El motor se apagó. Escuché el portazo seco de mi padre y el tono molesto de su voz.

—¡Se nos escapó, Elena! ¡Ese maldito Alfa se llevó el plomo y sigue vivo en alguna parte! —gritó mi padre, su voz filtrándose por las rendijas del suelo de madera sobre nuestras cabezas.

Liam soltó un quejido ahogado. Rápidamente, le tapé la boca con mi mano. Su piel ardía, una fiebre de lobo que intentaba combatir la toxicidad de la plata que había rozado su costado. Sus ojos dorados se abrieron de par en par en la oscuridad, fijos en los míos. El contacto de mi palma contra sus labios provocó una chispa eléctrica que me recorrió la columna. En ese sótano asfixiante, el "Vínculo de Luna" se sentía como una cuerda tensándose entre nosotros dos.

—Shh... —susurré, pegando mi frente a la suya—. Por favor, quédate quieto.

Arriba, los pasos de mi madre resonaban con una precisión militar.

—Vio a Aria, Ricardo. El Alfa se distrajo con ella. No es normal. Un lobo de su rango habría destrozado a cualquiera que se interpusiera, pero él la protegió del Omega.

—Es una estrategia —respondió mi padre, y escuché el sonido metálico de su rifle siendo colocado en el armero—. Quieren debilitarnos a través de ella. Mañana registraremos el perímetro con los perros. Si ese bicho sigue herido, su rastro nos llevará directo a su garganta.

El silencio volvió a la casa, pero era un silencio cargado de amenazas. Me alejé de Liam lo suficiente para empezar a limpiar su herida con la luz tenue de mi teléfono. La carne estaba abierta, mostrando la musculatura poderosa de su abdomen, pero los bordes tenían un color violáceo antinatural.

—La plata... —susurró Liam, agarrando mi muñeca. Su fuerza, incluso debilitado, era aterradora—. Tienes que sacarla. Mi cuerpo no puede cerrar la herida si hay fragmentos dentro.

—No soy médico, Liam. Soy una cazadora —dije, con las manos temblando mientras sacaba unas pinzas quirúrgicas de mi botiquín.

—Eres mi "mate" —corrigió él, y sus ojos brillaron con una intensidad que me robó el aliento—. Tu sangre es la única que mi instinto acepta ahora. Hazlo. Hazlo o moriré en tu sótano.

Tomé aire, tratando de recordar las lecciones de primeros auxilios que mi madre me había dado para heridas de combate. Cada vez que las pinzas rozaban su carne, Liam tensaba cada músculo de su cuerpo, pero no gritaba. Sus dedos se hundían en la tierra del suelo, dejando surcos profundos mientras aguantaba el dolor para no delatarnos.

Finalmente, extraje un pequeño fragmento brillante. Al caer al suelo, el metal pareció sisear. Liam soltó un suspiro largo y su cabeza cayó hacia atrás contra una pila de troncos.

—Gracias... pequeña cazadora —murmuró, empezando a caer en un sueño profundo inducido por el agotamiento.

Me quedé allí sentada, observándolo. Su pecho subía y bajaba rítmicamente. En su forma humana, no parecía un monstruo. Parecía un chico hermoso cargando con un peso demasiado grande. Me atreví a rozar la marca de mi cuello, que ahora emitía un calor reconfortante en lugar de dolor.

¿Qué estaba haciendo? Estaba escondiendo al enemigo de mis padres. Estaba traicionando diecinueve años de lealtad por un chico que apenas conocía, pero que sentía más real que cualquier otra cosa en mi vida.

Justo cuando me disponía a subir para fingir que estaba durmiendo en mi habitación, escuché un ruido que me heló la sangre. No venía de arriba. Venía de la ventana pequeña y enrejada del sótano que daba al nivel del suelo exterior.

Unos ojos grises, inteligentes y gélidos, me observaban desde la oscuridad exterior. No era un lobo. Era un hombre joven, de mandíbula cuadrada y mirada letal. El Beta de Liam.

No estaba allí para rescatarlo. Tenía los labios apretados en una línea de desprecio absoluto mientras me miraba a mí y luego al cuerpo inconsciente de su Alfa. Lentamente, levantó una mano y dibujó un círculo en el aire antes de señalarme con el dedo.

Era un desafío. O peor, una sentencia. La manada no perdonaba que su Alfa estuviera en manos de una cazadora, y si Liam no despertaba pronto, el Beta no vendría a salvarlo... vendría a eliminar cualquier rastro de debilidad. Incluyéndome a mí.

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