El sótano se sentía como una tumba de madera y tierra. Arriba, los pasos de mi madre eran una sentencia latente, pero el verdadero peligro estaba frente a mí. Liam intentaba ponerse en pie, con los ojos inyectados en sangre por el dolor de la aconita, luchando por contener un rugido que nos mataría a ambos.
—Tienes que irte, ahora —le siseé, pasando su brazo pesado sobre mis hombros.
Lo empujé hacia la pequeña ventana a ras de suelo, la única salida que no pasaba por la cocina donde mis padres