El amanecer en Silver Falls no trajo luz, solo una claridad grisácea y sucia que se filtraba a través de la niebla perpetua de Washington. El rugido de motores diésel rompió el silencio del bosque antes de que el sol terminara de salir. Tres camionetas blindadas, de un negro tan mate que parecía absorber la poca luz del día, se detuvieron frente a nuestra casa, levantando grava y barro.
Me quedé tras la cortina de mi habitación, con el corazón martilleando contra mis costillas. Sabía quiénes er