Mundo ficciónIniciar sesiónEl aire en el sótano se volvió irrespirable. La presencia del Beta en la pequeña ventana enrejada era como una sombra física que aplastaba mis pulmones. Sus ojos grises no buscaban a Liam con preocupación; buscaban mi debilidad. Con un movimiento silencioso, la figura se desvaneció en la niebla, dejándome sola con el pulso martilleando en mis oídos y el calor febril del hombre lobo que yacía a mis pies.
No podía quedarme allí. Arriba, mis padres caminaban sobre el suelo de madera, sus pasos rítmicos marcando el compás de mi traición. Sabía que en cualquier momento mi madre bajaría por leña o mi padre decidiría hacer una inspección nocturna de los cimientos. Tenía que moverme, y tenía que hacerlo rápido. Subí la escalera de madera con el corazón en la garganta. Al salir por la trampilla trasera y entrar en la cocina, el olor a café y aceite de armas me golpeó. Mi madre estaba de espaldas, limpiando una herida superficial en el brazo de mi padre. —¿Aria? Pensé que estarías dormida —dijo ella, girándose con esa mirada de águila que siempre parecía detectar una mota de polvo fuera de lugar. O una gota de sangre en una bota. —No podía dormir —mentí, bajando la vista y fingiendo buscar un vaso de agua—. Los ruidos del bosque... me ponen nerviosa. Es diferente a California. Mi padre soltó una risotada seca. —Este bosque tiene dientes, hija. Pero no te preocupes, mañana instalaremos sensores de movimiento en el perímetro. Nada que pese más de veinte kilos se acercará a esta casa sin que suene una alarma. Sentí un vacío en el estómago. Si instalaban los sensores, Liam nunca saldría de aquí vivo. Tenía menos de doce horas para sacarlo de la propiedad o estabilizarlo lo suficiente para que pudiera correr. —Voy a salir un momento al porche —dije, tratando de sonar casual—. Necesito aire fresco. —No te alejes de los escalones —advirtió mi padre con tono severo. Salí al frío cortante de Washington. La lluvia había cesado, dejando una humedad que se pegaba a la ropa. No fui al porche. Me deslicé por el lateral de la casa hacia los árboles donde había visto al Beta. Sabía que me estaba observando. Los lobos de alto rango no se retiran, acechan. —Sé que estás ahí —susurré hacia la oscuridad—. Liam está herido por la plata de mi padre. Si intentas entrar por la fuerza, despertaras a los Segadores y ambos morirán. Un crujido de ramas a mi izquierda me hizo girar. El hombre apareció de entre las sombras. Era más joven de lo que pensaba, quizás un par de años mayor que yo, pero su mirada tenía la dureza de alguien que ha sobrevivido a un invierno eterno. —Soy Kael, el Beta de la manada Blackwood —dijo, y su voz era como el choque de dos piedras—. Lo que estás haciendo es una ofensa para nuestra sangre. Un Alfa en el sótano de una cazadora... es una deshonra que solo se limpia con muerte. —Él me salvó la vida —respondí, dando un paso adelante, desafiando mi propio miedo—. Me protegió de ese Omega loco. Le debo esto. Kael se acercó, deteniéndose justo donde la luz de la casa moría. —Lo hizo porque eres su Mate. La luna lo ha cegado con tu aroma. Pero yo no tengo ese vínculo, cazadora. Si Liam no vuelve a la manada para el amanecer, asumiremos que los Urbina lo han ejecutado. Y entonces, no quedará ni una tabla en pie de esta casa. —Necesito medicinas —le corté—. La plata lo está quemando por dentro. Mis padres tienen suministros, pero si los tomo, sospecharán. ¿Ustedes no tienen nada? ¿Plantas, algo que acelere su curación? Kael dudó. Sus instintos le decían que me matara, pero su lealtad al Alfa era superior. Metió la mano en un bolsillo de su chaqueta y sacó un pequeño frasco de vidrio oscuro con una sustancia que parecía barro negro. —Aconita negra —dijo—. En dosis pequeñas para nosotros es un catalizador. Quemará la infección de la plata, pero le dolerá tanto que querrá arrancarse la piel. Si grita y tus padres lo escuchan, será tu fin, no el nuestro. Tomé el frasco. Estaba frío como el hielo. —¿Por qué me ayudas si tanto me odias? Kael me miró con una mezcla de lástima y desprecio. —No te ayudo a ti. Ayudo a mi Alfa a recuperar su juicio. Una vez que esté sano, se dará cuenta de que una mujer que huele a pólvora y muerte no tiene lugar en una manada de lobos. Se desvaneció antes de que pudiera replicar. Regresé al sótano, moviéndome como una sombra. Liam estaba despertando, sus ojos dorados brillando en la penumbra como dos brasas encendidas. Estaba sudando, y el aroma a bosque y peligro que emanaba de él era ahora agrio por la infección. —Aria... —susurró, su mano buscando la mía. —Toma esto —dije, abriendo el frasco. El olor era fuerte, como tierra quemada—. Va a doler, Liam. Mucho. Él miró el frasco y luego a mí. Una sonrisa débil y sangrienta apareció en su rostro. —He sobrevivido a retos de Alfas, pequeña cazadora. Un poco de barro no me va a detener. Pero prométeme algo... —¿Qué? —Si empiezo a perder el control... si mi lobo intenta salir para apagar el dolor... mátame. No dejes que me convierta en el monstruo que tus padres dicen que soy. Apreté el frasco en mi mano. No podía prometer eso. Sin decir más, apliqué la sustancia sobre su herida abierta. Liam arqueó la espalda, sus músculos se tensaron como cuerdas de acero y un gruñido gutural empezó a formarse en su garganta. Fue un sonido que vibró en las paredes del sótano, un sonido que gritaba "depredador". Arriba, los pasos de mi padre se detuvieron justo encima de nosotros. El silencio que siguió fue el más aterrador de mi vida. —¿Escuchaste eso, Elena? —la voz de mi padre sonó clara y peligrosa a través de la madera. Liam apretaba los dientes, con los ojos inyectados en sangre, luchando por no aullar mientras la aconita negra devoraba la infección de la plata. Yo me lancé sobre él, tapándole la boca con mi cuerpo, tratando de ahogar su agonía con la mía. —Parece un animal atrapado en los cimientos —dijo mi madre arriba—. Iré a revisar. La trampilla del sótano crujió. Alguien estaba a punto de bajar.






