Mundo ficciónIniciar sesiónEl resto de la mañana fue un borrón de rostros desconocidos y voces que se mezclaban con el sonido de la lluvia golpeando las ventanas del instituto. Pero el calor en mi nuca no disminuía. Cada vez que pasaba cerca de un pasillo oscuro o una esquina, mis sentidos se disparaban, esperando ver de nuevo esos ojos color miel.
—Aria, reacciona —me susurró Chloe mientras caminábamos hacia el aula de ciencias—. Sé que Liam es... mucho para procesar, pero si el profesor Harrison te ve así de distraída, te pondrá a limpiar tubos de ensayo todo el semestre. Asentí, forzando una sonrisa que no sentía. Entramos al laboratorio de Biología. El aire aquí era distinto: olía a formaldehído, a papel viejo y a algo que hizo que mis pulmones se apretaran. Él ya estaba allí. Liam estaba sentado al fondo, en la última mesa, cerca de las ventanas que daban directamente al inicio del bosque. Tenía los pies cruzados sobre la mesa y jugaba con un bisturí, haciéndolo girar entre sus dedos con una destreza inquietante. Cuando crucé el umbral, se detuvo. Su mirada se clavó en la mía y sentí ese tirón invisible de nuevo, más fuerte, más exigente. —Bien, clase —anunció el profesor Harrison sin levantar la vista de sus papeles—. Para el proyecto de disección y clasificación de este mes, trabajarán en parejas. Ya he asignado los nombres para evitar que se pierda el tiempo en charlas. Recé a todos los santos en los que mi familia no creía. Que no sea él. Que no sea él. —Chloe con Mark —el profesor siguió leyendo la lista—. Aria Urbina... con Liam Blackwood. El silencio que siguió en el aula fue denso. Chloe me lanzó una mirada de "lo siento mucho", mientras algunos chicos locales intercambiaban murmullos. Liam no dijo nada, simplemente bajó los pies de la mesa y apartó un taburete, invitándome con un gesto de cabeza que parecía más un desafío que una cortesía. Caminé hacia el fondo del salón sintiendo que cada paso pesaba una tonelada. Al sentarme a su lado, el calor que emanaba de su cuerpo me golpeó como una ola. Era antinatural. En un pueblo donde la temperatura apenas rozaba los diez grados, él parecía estar ardiendo. —No muerdo —dijo Liam, su voz era un ronroneo bajo que solo yo podía escuchar—. A menos que me lo pidan. —Soy cazadora —solté en un susurro casi imperceptible, más para recordármelo a mí misma que para decírselo a él. Liam se tensó. El bisturí que sostenía dejó una marca profunda en la madera de la mesa. Me miró de reojo, y por un segundo, sus pupilas se dilataron hasta cubrir casi todo el iris miel. —Lo sé —respondió—. Huelo la plata en tu piel, Aria. Y huelo el miedo de tus padres desde aquí. Mi corazón martilleó contra mis costillas. Mi entrenamiento me decía que debía sacar el cuchillo de mi bota y cortarle la garganta allí mismo. Pero mi cuerpo no respondía. En lugar de eso, mis dedos rozaron accidentalmente su mano sobre la mesa. Fue como tocar un cable de alta tensión. Una descarga eléctrica recorrió mi brazo, y por un instante, vi algo en mi mente: un bosque cubierto de nieve, el sabor de la sangre y el aullido de una manada que me llamaba. —¿Qué fue eso? —jadeé, apartando la mano. —El vínculo —susurró él, acercándose tanto que su aliento rozó mi mejilla—. Puedes intentar huir, puedes traer a todo tu gremio de asesinos, pero la luna ya decidió. Eres mía, cazadora. Y yo soy tu perdición. La clase terminó antes de que pudiera procesar sus palabras. Salí del aula casi corriendo, ignorando los gritos de Chloe. Necesitaba aire. Necesitaba llamar a Mark, necesitaba sentir algo que fuera normal, algo que no fuera esta atracción salvaje y aterradora. Al llegar a casa, el ambiente estaba cargado. Mi padre estaba en la cocina, limpiando su rifle de largo alcance. Tenía un mapa extendido sobre la mesa con varias cruces rojas cerca de la zona del instituto. —Hemos encontrado un nido, Aria —dijo sin mirarme—. Están más cerca de lo que pensábamos. Mañana por la noche saldremos a limpiar. Quiero que estés lista. Miré a mi padre, el hombre que me había enseñado que estas criaturas eran monstruos sin alma. Luego bajé la vista a mi mano, la misma que Liam había rozado. Todavía temblaba. Esa noche, mientras la lluvia se convertía en una tormenta eléctrica, me quedé mirando el bosque desde mi ventana. Entre la negrura de los árboles, vi un par de ojos dorados que me observaban. No tenía miedo de que entrara a matarme. Tenía miedo de ser yo la que abriera la ventana para dejarlo entrar. Justo cuando iba a cerrar las cortinas, algo golpeó el cristal. Un pequeño trozo de papel pegado con una gota de resina de pino. Con el corazón en la garganta, abrí la ventana y lo tomé. Solo tenía cinco palabras escritas con una caligrafía firme y elegante: "Tus padres cazan. Yo reclamo".






