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capitulo 3:Entre Balas de Plata y Ojos de Ámbar

La nota de Liam seguía quemando en mi mano mucho después de que los relámpagos dejaran de iluminar el bosque de Silver Falls. "Tus padres cazan. Yo reclamo". Esas cinco palabras eran una declaración de guerra y, al mismo tiempo, una promesa que me hacía temblar de una forma que nada tenía que ver con el frío del norte.

Me senté en el borde de la cama, mirando mis manos. Estas manos habían sido entrenadas para montar un rifle de precisión en menos de treinta segundos. Mis dedos tenían callos por el uso del arco y la ballesta. Toda mi existencia, desde que tengo memoria, ha sido una preparación para un fin único: proteger a la humanidad de lo que acecha en la oscuridad. Pero ahora, mientras el pulso me latía con fuerza en la nuca, sentía que la verdadera oscuridad no estaba fuera, sino empezando a filtrarse en mis propios pensamientos.

Apenas dormí. Cada vez que cerraba los ojos, veía la silueta de ese lobo negro en el laboratorio, o peor aún, sentía la presión de la mano de Liam sobre la mía. Su calor era una droga, una que mi cuerpo empezaba a pedir a gritos a pesar de que mi mente gritaba "peligro".

A la mañana siguiente, el desayuno fue un interrogatorio silencioso. Mi padre, con sus ojos cansados pero alertas, devoraba su café mientras revisaba una caja de municiones sobre la mesa de madera.

—Hoy después de clases, Aria —dijo sin levantar la vista—. Iremos al sector norte, cerca de los viejos aserraderos. Hemos detectado movimiento inusual. No son lobos solitarios; es una manada organizada. Y donde hay organización, hay un Alfa.

—¿Y qué haremos si lo encontramos? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara.

Mi madre dejó de limpiar un cuchillo de caza y me miró fijamente. Sus ojos, del color del acero, siempre parecían leer mis mentiras antes de que yo las pronunciara.

—Lo que siempre hacemos, hija. Cortamos la cabeza de la serpiente antes de que muerda —respondió con una frialdad que me heló la sangre—. En este pueblo la gente vive con miedo. Creen que los ataques son de osos o pumas. Es nuestro deber terminar con esa mentira.

Salí de casa sintiéndome como una traidora. Al llegar al instituto, el ambiente era aún más pesado que el día anterior. La niebla se negaba a levantarse, envolviendo el edificio de ladrillos rojos en un manto gris. Busqué a Liam con la mirada en el estacionamiento, pero no lo vi. En su lugar, Chloe me interceptó antes de entrar.

—Aria, ¡tienes que contarme qué pasó ayer en el laboratorio! —exclamó, agarrándome del brazo—. Saliste volando de allí como si hubieras visto un fantasma. Y Liam... bueno, Liam se quedó mirando la puerta por la que saliste durante diez minutos seguidos. Fue rarísimo.

—No fue nada, Chloe. Solo me sentí un poco mareada —mentí, sintiendo el peso de la ballesta desmontada en mi mochila.

Las clases pasaron como una tortura lenta. Durante Literatura, no pude concentrarme en Shakespeare; solo podía pensar en la cacería de esta noche. Si mi padre encontraba a la manada de Liam... si apretaba el gatillo...

Cuando llegó la hora de la comida, decidí que no podía quedarme encerrada. Necesitaba respuestas. Evité la cafetería y salí por la puerta trasera del gimnasio, adentrándome en los límites del bosque que rodeaba el campo de fútbol. Sabía que era una imprudencia. Sabía que estaba rompiendo la regla número uno de mi familia: Nunca vayas sola al territorio de la presa.

Pero él me estaba esperando.

Liam estaba apoyado contra un pino centenario, con las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero. No parecía sorprendido de verme. Al contrario, parecía que había estado contando los segundos.

—Viniste —dijo, y su voz provocó una vibración en mi pecho que me asustó.

—Dime qué me hiciste —exigí, deteniéndome a tres metros de él—. ¿Qué es esta marca? ¿Qué fue esa visión en el laboratorio?

Él se separó del árbol y caminó hacia mí con una gracia depredadora. Cada paso que daba, yo quería retroceder, pero mis pies estaban clavados en la tierra húmeda. Se detuvo a escasos centímetros, rompiendo mi espacio personal. Olía a tormenta y a libertad.

—No te hice nada, Aria. La naturaleza lo hizo —susurró, inclinándose hacia mí—. Tú lo llamas "marca", nosotros lo llamamos el Vínculo de Luna. No elegimos a quién pertenecemos. La sangre reconoce a su otra mitad.

—Yo no pertenezco a nadie —siseé, aunque mi respiración se volvía errática—. Soy una cazadora. Mi familia ha matado a cientos como tú.

Liam soltó una risa amarga y, antes de que pudiera reaccionar, me tomó por la cintura y me pegó a su cuerpo. Su calor era abrasador, casi doloroso. Me obligó a mirarlo a los ojos, y por un momento, sus pupilas se tornaron doradas otra vez.

—Entonces, ¿por qué tu corazón late tan rápido cuando me acerco? —preguntó, su rostro a milímetros del mío—. ¿Por qué no sacaste ese pequeño cuchillo que llevas en la bota cuando me viste?

—Suéltame —logré decir, aunque mi mano, en lugar de empujarlo, se cerró sobre su chaqueta.

—Tus padres van a salir de caza esta noche —dijo Liam, cambiando el tono a uno mucho más serio y oscuro—. Lo sé porque el aire apesta a su odio. Pero escúchame bien, Aria: si ellos cruzan el río, mi manada no se quedará de brazos cruzados. Y yo no podré protegerte de ellos si te ven como una amenaza.

—No necesito que me protejas —respondí con orgullo, aunque por dentro me desmoronaba.

—Lo necesitas más de lo que crees —Liam me soltó de repente, dejándome con una sensación de vacío insoportable—. Esta noche, quédate en casa. No te conviertas en el objetivo de mi gente. Porque si la plata vuela esta noche, habrá sangre que nunca podremos lavar.

Se dio la vuelta y desapareció entre las sombras de los árboles antes de que pudiera responder. Me quedé allí sola, con el frío de Washington calándome hasta los huesos y el eco de su advertencia resonando en mi cabeza.

Esa tarde, mientras preparaba mi equipo bajo la mirada aprobatoria de mi padre, tomé una decisión. No iba a dejar que se mataran entre ellos. No sabía cómo, pero iba a detener la cacería, incluso si eso significaba perder la confianza de mi familia para siempre.

Cargué los virotes en mi ballesta, pero por primera vez, no eran de plata pura. Eran dardos tranquilizantes de alta potencia.

—¿Lista, Aria? —preguntó mi padre desde la puerta, cargando su rifle al hombro.

Miré mi reflejo en el cristal de la ventana. Ya no veía a la cazadora perfecta. Veía a una chica marcada por un destino que odiaba, atrapada entre dos mundos que estaban a punto de colisionar.

—Lista —mentí.

Caminamos hacia la camioneta bajo el cielo negro. La cacería había comenzado, pero yo sabía que esta noche, la única que corría verdadero peligro era mi corazón.

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