El sótano se sentía como una tumba de madera y tierra. Arriba, los pasos de mi madre eran una sentencia latente, pero el verdadero peligro estaba frente a mí. Liam intentaba ponerse en pie, con los ojos inyectados en sangre por el dolor de la aconita, luchando por contener un rugido que nos mataría a ambos.—Tienes que irte, ahora —le siseé, pasando su brazo pesado sobre mis hombros.Lo empujé hacia la pequeña ventana a ras de suelo, la única salida que no pasaba por la cocina donde mis padres limpiaban sus armas. Con un esfuerzo que me hizo sentir que mis propios huesos crujirían, logré ayudarlo a subir. Liam se deslizó hacia la noche de Washington, desapareciendo en la niebla como un fantasma de obsidiana.Cerré la ventana y me limpié las manos frenéticamente en mi sudadera. No tuve tiempo de respirar. La trampilla del sótano se abrió de golpe.—¡Aria! —la voz de mi padre, Ricardo, tronó desde arriba—. Baja esa linterna, Elena. Yo me encargo.Mi padre bajó los escalones con la lenti
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