—Eso no es asunto tuyo. —Alessandro le sujetó las muñecas con fuerza y apartó sus manos como si fueran un estorbo. Su mirada era gélida, como una daga lista para hundirse.
Anabella arqueó la ceja, el brillo de su arrogancia intacto, y no retrocedió un solo paso.
—Todo lo que tiene que ver contigo es asunto mío. —Su voz temblaba de rabia contenida mientras apretaba los puños tan fuerte que sus nudillos se pusieron blancos.
—Me importa un carajo lo que pienses. —Él elevó la voz, rugiendo como una