—¡No soy una niña para que me trates así! —saltó Natalia de la cama, alzó la barbilla y se plantó frente a Alessandro, desafiante. Sus manos temblaban apenas, pero su voz salió firme.
Las mujeres del servicio, incluida Ofelia, se retiraron discretamente cerrando la puerta; todas intuyeron que entre ellos quedaba mucho por decir. El silencio de la habitación quedó cargado como una cuerda tensa.
—Llevas a mi hijo en el vientre, principessa —dijo él, pasos medidos, la mirada clavada en ella—. No m