El búnker de Long Island no era como el de Atenas; este era un lugar de concreto bruto y luces fluorescentes que zumbaban con una frecuencia que te taladraba el cráneo. Aquí no había mármol ni seda, solo el olor a humedad y el miedo rancio de los que saben que han llegado al final del camino. Mavros caminaba a mi lado, sus pasos resonando como golpes de martillo sobre un yunque. No me había soltado la mano desde que salimos del Plaza, pero su agarre era diferente: más posesivo, más tenso, como