El Hotel Plaza se alzaba sobre la Quinta Avenida como un mausoleo de la edad dorada, iluminado por mil focos que cortaban la negrura de la noche neoyorquina. Dentro de sus salones, el aire estaba saturado con el aroma de diez mil orquídeas blancas y el perfume de las mujeres más peligrosas de la Costa Este. Esta no era una fiesta de sociedad; era la coronación de los nuevos soberanos de Manhattan. El Consejo de las Cinco Familias estaba allí, sentado en las primeras filas, con los rostros tenso