El olor a caucho quemado, salitre podrido y aceite de motor inundaba el aire estancado de los muelles de Brighton Beach. El almacén de los Sokolov se alzaba como una mole de hierro oxidado contra el cielo nocturno de Brooklyn, un sarcófago de secretos donde la mafia rusa guardaba su cargamento más valioso. Mavros se movía a mi lado como una sombra de muerte; ya no quedaba rastro del hombre que, minutos antes, me susurraba promesas al oído en el ático. Ahora era solo acero, pólvora y una furia c