Nueva York rugía bajo los pies del ático de la Quinta Avenida como una bestia domada. Las luces de los rascacielos centelleaban contra el cristal blindado, creando un caleidoscopio de oro y acero que se reflejaba en las copas de cristal de Baccarat. El silencio dentro de la mansión en las alturas era absoluto, un lujo que solo los billones podían comprar en la ciudad que nunca duerme. Mavros estaba de pie frente al ventanal, con la silueta recortada contra el Empire State, sosteniendo una botel