El aire en Brighton Beach era una mezcla pegajosa de salitre del Atlántico y el humo denso de los cigarrillos rusos sin filtro. Lejos del brillo de Manhattan, este rincón de Brooklyn se sentía como una extensión olvidada de la estepa, un lugar donde las leyes de los hombres se doblaban ante la voluntad de los Sokolov. El coche blindado nos dejó a tres manzanas de nuestro objetivo: el "Borealis", un club clandestino oculto bajo un almacén de pieles que servía de nido para los mercenarios que hab