El cielo de Nueva York nos recibió con un gris industrial, una manta de nubes que parecía presagiar la tormenta que traíamos con nosotros desde el Mediterráneo. Mientras el Gulfstream de Mavros descendía hacia la pista privada de Teterboro, observé las luces de Manhattan parpadear a lo lejos. Hace menos de un año, salí de esta ciudad encadenada a un contrato de doce millones de dólares, con el corazón roto por la traición de mi padre y el miedo grabándome la piel. Hoy, regresaba con catorce mil