El Príncipe Lorenzo de Saboya llegó a la finca de verano de los Kyriakos, en las faldas del monte Parnés, no con el estruendo de los convoyes de la mafia, sino con el ronroneo insultante de un Ferrari clásico y la elegancia de quien cree que el mundo es un jardín diseñado para su recreo. Vestía un traje de caza de tweed inglés que contrastaba violentamente con el asfalto caliente de Grecia y la tensión eléctrica que emanaba de los hombres de Spiros, quienes lo vigilaban desde los pinos con los