El jet privado de los Kyriakos cortó el cielo del Mediterráneo como una daga de plata. Abajo, el mar Egeo brillaba con un azul cobalto tan intenso que hería la vista, pero dentro de la cabina, el ambiente era de una calma gélida y triunfal. Mavros estaba sentado frente a mí, con un vaso de cristal tallado lleno de whisky y una expresión de satisfacción depredadora que no le veía desde antes de Suiza. Llevaba una camisa de seda negra desabrochada, revelando las cicatrices frescas de la batalla e