El regreso a Atenas no fue una celebración, fue una ocupación de los sentidos. El aire salado del Egeo nos recibió con la promesa de una seguridad que, sabíamos, era solo una tregua antes del incendio final. Al entrar en la mansión, Mavros cerró las puertas de roble con un estruendo que pareció sellar nuestro destino. El poder había cambiado de manos, pero el peligro se había vuelto íntimo, doméstico, casi carnal.
Spiros y los hombres formaron un anillo de acero en el jardín, pero dentro, en el