Ginebra se extendía bajo nosotros como un tablero de mármol y escarcha, pero mi mente estaba a kilómetros de la belleza del lago Lemán. La clínica Bifröst no era un hospital; era una fortaleza de cristal y acero incrustada en la ladera de una montaña privada, un lugar donde los secretos de la aristocracia negra se guardaban bajo protocolos de seguridad que harían palidecer al Pentágono. Para el mundo, Mavros Kyriakos y Majorie Moretti eran los fugitivos más buscados de Europa. Pero esta noche,