El búnker subterráneo de la mansión Kyriakos era una joya de la paranoia arquitectónica. Paredes de hormigón reforzado, servidores que zumbaban con una vibración eléctrica y una iluminación roja de emergencia que bañaba todo con un aire de pecado y peligro. En el centro de la sala, sobre una mesa de cristal blindado, el pequeño pie de Ligeia estaba proyectado en una pantalla gigante de alta definición. El código de los Vatatzes brillaba bajo la luz ultravioleta, pero como yo había advertido, lo