La victoria en el Consejo de las Familias nos había dejado un sabor a metal y gloria en la boca. De regreso en la mansión, el silencio de la noche ateniense se sentía, por primera vez en meses, como una tregua real. Mavros se había quitado la chaqueta del traje y caminaba por el gran salón con una copa de coñac en la mano, su silueta reflejada en los inmensos ventanales que daban al mar Egeo. Yo estaba sentada en el sofá de terciopelo, observando a Leonidas, que dormía plácidamente en su cuna d