El edificio del Antiguo Observatorio de Atenas, encaramado en la colina de las Ninfas, no era solo un monumento histórico; era el santuario donde el Consejo de las Familias dictaba quién vivía y quién moría en el Mediterráneo. Esa noche, el mármol blanco parecía absorber la luz de la luna, proyectando sombras alargadas que se sentían como dedos fríos sobre mi nuca. Mavros caminaba a mi lado, con su traje negro impecable y una calma que solo tienen los hombres que ya han aceptado su propia muert