El aire de Atenas esa noche estaba cargado con la electricidad de una tormenta que no terminaba de romper. En el ático de la mansión Kyriakos, el silencio era solo interrumpido por el roce de la seda contra mi piel. Me miraba al espejo mientras terminaba de ajustarme un vestido de satén negro, tan ajustado que parecía una segunda piel, con un escote infinito en la espalda que terminaba justo donde empezaba el peligro. En mi muslo, oculto por la caída de la tela, el frío del metal de una pequeña