El sótano de la mansión Kyriakos no olía a humedad ni a encierro; olía a miedo destilado y a la locura contenida de un hombre que estaba a punto de perder su mundo. Bajé las escaleras de piedra con una parsimonia que me asustó a mí misma. A cada paso, el eco de los gritos sordos de Dorian Vatatzes subía por el hueco del ascensor, mezclándose con el zumbido de los generadores eléctricos. Mavros estaba allí abajo, transformado en el verdugo que Atenas temía, arrancando la verdad de un aristócrata