El aire en el gran comedor de la mansión Kyriakos era tan denso que parecía compuesto de cristal líquido, a punto de estallar ante el menor movimiento. Me miré al espejo del vestidor por última vez, ajustando los pliegues de un vestido de seda color esmeralda que Mavros me había comprado en París. Era una prenda que gritaba poder y elegancia, pero para mí, era una armadura. A mis seis meses post-parto, mi cuerpo había recuperado una firmeza felina, una madurez que me hacía sentir más peligrosa