Ginebra nos recibió con un silencio gélido y una neblina que se aferraba a la superficie del lago Leman como un sudario de seda gris. No era el frío cortante de los Alpes que conocimos en el Castillo de Hielo, sino un frío aristocrático, uno que se filtraba por los huesos y te recordaba que en esta ciudad el dinero no gritaba, sino que conspiraba en susurros. Al bajar del jet privado, Mavros no me soltó la mano ni un segundo. Su agarre era casi doloroso, una mezcla de posesión y el miedo latent