El vuelo de regreso a Atenas fue un velorio en el aire. El Gulfstream de los Kyriakos cruzaba el Atlántico en un silencio sepulcral, roto solo por el zumbido de los motores y el suave murmullo de Leonidas en su cuna de viaje. Mavros no se había sentado ni un segundo; permanecía de pie en el centro de la cabina, con la mirada fija en un mapa digital de las islas griegas, mientras sus dedos tamborileaban contra la empuñadura de su arma con un ritmo frenético. La noticia de la moneda de oro de los