El silencio que siguió a la expulsión de Arthur Moretti del ático de la Quinta Avenida no fue de victoria, sino de una tensión eléctrica que erizaba los vellos de mi nuca. Mavros estaba de pie frente al gran ventanal, con la silueta recortada contra el resplandor de una Nueva York que parecía arder bajo la luz de la luna. Sus hombros, antes anchos y seguros, estaban tensos, cargados con el peso de la confesión que acababa de dinamitar los cimientos de nuestra relación. Yo sostenía a Leonidas co