El ático de la Quinta Avenida se sentía como una cámara de gas emocional. Arthur Moretti no se veía como un hombre derrotado; se veía como el dueño de la partida que acababa de mover su pieza reina. Mavros mantenía el arma alzada, pero su mano temblaba imperceptiblemente, algo que nunca había visto en él. El silencio era tan denso que el suave gorjeo de Leonidas en mis brazos sonaba como un estruendo.
—¿Creyeron que esto se trataba de una simple venganza? —dijo Arthur, dejando su copa de coñac s