La mañana en la villa de Spetses nació con una luz tan blanca que hería los ojos, reflejándose en el mármol de la terraza como si el destino mismo estuviera encendiendo los focos para la gran revelación. El Dr. Aris había llegado en el helicóptero privado de Mavros al amanecer, escoltado por Spiros como si transportara los códigos nucleares de una nación, y no un equipo de ecografía de última generación. Mavros no había dormido; lo sabía porque cada vez que yo me movía entre las sábanas de seda