La isla de Spetses se alzaba sobre el mar Egeo como un trono de roca caliza y pinos centenarios, bañada por un sol que, a mediados de mayo, ya empezaba a calentar las piedras blancas del puerto viejo. Habíamos dejado atrás la tensión eléctrica de Atenas y el eco de los disparos en la mansión para refugiarnos en "Aetós", la villa privada que Mavros había comprado específicamente para mi "convalecencia". Aquí, los coches a motor estaban prohibidos, reemplazados por el trote rítmico de los caballo