El trayecto de regreso desde el Hotel Grande Bretagne hasta la mansión fue un descenso silencioso hacia el infierno. Dentro del Maybach blindado, el aire estaba tan cargado de la furia de Mavros que sentía que los cristales podían estallar en cualquier momento. Él no me había dirigido la palabra desde que arrastró su mirada despreciativa por el rostro de Ambrose en aquel balcón. Su mano, grande y callosa, apretaba mi muslo con una fuerza que dejaría marcas, una presa de hierro que me recordaba