Atenas, vista desde el ático del Hotel Grande Bretagne, parecía una joya de ámbar y oro esparcida sobre un manto de terciopelo negro. El Partenón, iluminado en la Acrópolis, se erguía como un recordatorio de imperios antiguos que habían caído ante la ambición y la traición. Yo me sentía como una de esas ruinas: hermosa por fuera, pero devastada por dentro, sostenida solo por la voluntad del hombre que ahora me sujetaba la cintura con una fuerza posesiva.
Llevaba un vestido de seda color mediano